9 02 2010

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Rompecabezas

por Iliana Pichardo Urrutia

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Así eran todas las tardes. Su madre encallada como ballena en su sillón. Sobre la mesa: los cigarros, la leche con chocolate y el rompecabezas de la feria.

La mamá de Ana caminaba un promedio de veinte minutos al día. Diez por la mañana cuando se despertaba e iba de la cama al sillón de la sala, y diez por la noche siguiendo esta ruta, a la inversa. Pesaba 140 kilos y medía un metro con sesenta y cinco cm. Su obesidad había comenzado después del nacimiento de su hija. Ana no podía imaginarse a su madre antes de aquella deformación. Lo que sí recordaba eran sus brazos con tatuajes coloridos: un dragón, una virgen, un pez.

Hacía cinco años que Ana había dejado la casa de su madre. Sin embargo, iba todos los días en su hora de comida a visitarla. Le llevaba cigarros, limpiaba la bacinica, y bañaba a su madre cada tercer día. Le compraba tortas de pierna adobada, que eran sus favoritas, y detrás del sillón colocaba una bolsa con nueces de la india, galletas y pasas con chocolate. Nunca se las daba en la mano. Que por lo menos se esfuerce para alcanzarlas cuando yo no esté, pensaba.

Cada tarde abría la puerta y veía a su madre, como ídolo, postrada en su sillón. Cigarros, leche con chocolate, el rompecabezas de una feria. Sus brazos con tatuajes, la tinta diluída en la piel kilométrica hasta perder su forma original. El cuello oculto como un tronco podado y su vista clavada en las pequeñas piezas de colores.

Un día como todos, Ana entró a casa de su madre con las tortas en la mano. Al cruzar el marco de la puerta, aquel escenario parecía por primera vez una playa desierta: ningún mamífero encallado.

Se sentó en el sillón acostumbrado a la forma de su madre. Prendió uno de los cigarros, miró hacia la cama sólo para comprobar su certeza: vio a su madre derrumbada, como un transatlántico hundido en un mar congelado. Los  ojos se llenaron de agua. Por varias horas fumó y tomó leche con chocolate, mientras colocaba una pequeña pieza tras otra, dándole forma a los colores. Cuando completó el rompecabezas, la sala se encontraba en penumbra pero pudo cotejar satisfecha que el dibujo de la feria, era el mismo que el de la caja.

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Cuento publicado en la revista Escala, Aeroméxico. Diciembre 2009.





4 11 2009

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La luz

por Iliana Pichardo

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Mierda, pienso. Cómo llegué a este cruce. Ciudad amarillenta, banquetas grises. Yo, delante de mi sombra, esperando una luz de semáforo que me dé permiso para caminar. ¿Qué sueño guía mi camino? Será que estoy aquí por Ella…

¡Hey Camello! Debes entregar este paquete, me dijo, mientras le daba un abrazo a Ella con lascivia. Ella, sosteniendo el universo en su brazo oscuro, me ordenó seguir las órdenes del Ganso. Sin decir más, salgo de la casa con el paquete bajo el brazo, sabiendo que puedo estar cargando ahí, mi muerte.

El sol quema las suelas del zapato. Un cable pierde su línea constante en una ondulación de sopor. El brazo tiembla, esperando un cambio de luz que me autorice caminar.

¿Y allá? ¿Quién movía la luz? Nadie, salvo el viento. Nostalgia del sol sumergiéndose en el mar. Mi padre, chef en su cocina de palapa austera, creador de una receta especial de pescado a la talla. Y aquella Otra, que ocupó un lugar distinto que el de Ella. Pareciera que puedo oler su cuerpo vestido con agua en el atardecer.

Un ómnibus sacude mi cuerpo y de nuevo la temida diáspora de grupos que abandonaron su origen, y entre ellos, yo.

Ya no está la Otra… sólo Ella que me somete, y llena de deseo insatisfecho.

¿Qué amor es trascendente?, cuál atenúa más la soledad. No importa. Estoy aquí. Paquete bajo el brazo. Cambio de luz. Dios, no me abandones, pienso.





6 10 2009

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Oliverio Girondo como li-libélula.

por Iliana Pichardo

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La poesía siempre es lo otro,

aquello que todos ignoran  hasta que

lo descubre un verdadero poeta.

Oliverio Girondo.

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No había encontrado otra forma de expresarme si no fuera con el código normal de las palabras aprendidas. Reconozco en ellas la enorme funcionalidad de extender puentes de comunicación con el otro, de poder decir quiero, de poder decir se me antoja y encontrarme comprendida. Pero de pronto, las palabras también me limitan. Los contextos tanto míos como los de la gente con la que interactúo no son los mismos, los significados son culturales y también son subjetivos, esto hace que nos malentendamos y que las letras no exploten en toda la extensión que yo quisiera.  Las palabras después de cierto uso, se vuelven huecas.

Y entonces Oliverio Girondo entra rompiendo una estructura-lenguaje con sus no-palabras, creadas por él, que trascienden códigos y construcciones gramaticales y llegan a ser ¡porfin! las letras que buscaba. No encuentro su significado en un diccionario, pero al leerlo me dice mucho más que una definición porque me dejo seducir y me complazco con saborear las pala-sonidos que mastico al leer. Las palabras no son una abstracción, ellas mismas tienen formas que se traducen en sentimientos y sensaciones. Entre el sonido y el significado hay un puente. A través de asociaciones inconscientes las palabras  sobrepasan el ámbito intelectual para llegar al sensorial. Entonces decir –demonoave dea rosa- no me remite a nada, pero me invento su significado, o tal vez no es necesario que lo haya. Veo a las palabras como pequeños golpes profundos, tal vez dolorosos y entonces quisiera llorar las palabras y comerme el poema porque quiero hacerlo más mío.

Poema: Mi Lumía. Trasciende idiomas, estalla el lenguaje, poder de comunicar. En sus poemas, Girondo se disgrega, se distiende, se transmigra sobre las hojas. Lo veo como una líbelula recorriendo el cuerpo de una mujer, la alumbra. Brillo. Da vueltas y la funde, tan natural, en su universo. Con la letra L, lu, luar, Lumía, la describe y la sume en su espasmo, su caída. Su misterio de palabras que remiten a sonidos, de sonidos que remiten sensaciones, sensaciones a imágenes y entonces sin saber de dónde vino: la sensualidad escondida, el deseo de por lo menos, morder el poema, revolcarme en lo que puedan agazapar mis sentidos, que es mucho, o es poco, pero no importa y lo intento. Me dan esas ganas, como Girondo dice, de lamer constantemente la vida.

Encuentro en Mi Lumía – mi lu tan luz tan tú que me enlucielabisma- otra realidad de un lenguaje que no encasilla las cosas porque Girondo lo ha utilizado para redoblar, resignificar y recrear.  En su libro El mono gramático, Octavio Paz dice que: Primero el mundo se vuelve lenguaje, después el lenguaje se convierte en mundo y finalmente gracias al poeta el mundo queda sin nombres.

Mi Lumía no nombra. Abre una galaxia de posibles palabras:

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Mi  Lumía

Mi Lu

mi lubidulia

mi golocidalove

mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma

y descentratelura

y venusafrodea

y me nirvana el suyo la crucis los desalmes con sus melimeleos

sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y

gormullos

mi lu

mi luar

mi mito

demonoave dea rosa

mi pez hada

mi luvisita nimia

mi lubísnea

mi lu más lar

más lampo

mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio

mi lubella lusola

mi total lu plevida

mi toda lu

lumía.





18 08 2009

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Culpas
por Iliana Pichardo Urrutia

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Era una letra L escarbada en la pared de cemento del baño. Juliana, que recién se había mudado a la casa de Manuel, se levantó de modo abrupto de la taza. Aun con los pantalones debajo de sus caderas alzó un dedo y lo sumergió en las dos líneas de la letra. Tenía que ser su exnovia.
Se habrá llamado Lucía. Tendrá que haber sido alta y delgada con el cabello corto como un niño. Le habrá gustado andar descalza como a él. La habrá querido como a nadie mirándola desvestirse frente a la regadera una mañana de invierno: la espalda descubierta con la piel erizada; el cuello anclado a su torso, largo como el tronco de un ciprés. Habrá sumergido sus manos en su espalda como si fuera de arcilla y la habrá tocado dándole forma a su antojo. Ella habrá cerrado los ojos y sentido su pulso. Se habrán querido como nadie.
Puta, dijo Juliana, al tiempo que Manuel entró al baño. Juliana intentó llevar su atención hacia la letra, pero él se miró al espejo y dijo que hacia falta rellenar la garrafa de gas. Cómo era posible que Manuel no hubiera tenido la delicadeza de cubrir la L con cemento, ¿acaso no quería olvidarla?
“¿Qué significa esta letra?” dijo Juliana. Manuel bajó y subió la mirada por las rectas de la L y sus ojos se humedecieron. Se sentó sobre la taza del baño, respiró profundo y miró a Juliana que ya planeaba recoger sus cosas para largarse de ahí apenas terminara su confesión.
“La marcó mi hermano Lorenzo cuando construimos este baño.”
“Mentiroso, no tienes hermanos,” dijo Juliana.
“Sí tenía, murió en un accidente hace unos años. Perdóname, te debí haber contado, pero me cuesta trabajo hablar de eso.”
Manuel se quedó con los ojos fijos en el suelo, esperando. Juliana, en silencio, apoyó su mano sobre el escusado y sin quererlo, accionó la palanca del agua causando un remolino que los sobresaltó a ambos. Juliana soltó una carcajada aguda y breve.